viernes, 12 de diciembre de 2008

Dulce paradoja


Hoy no estabas. Pero SÍ estabas. Te sentía muy cerca, casi pegado a mi piel. Sentía tu respiración. El palpitar de tu corazón atolondrado. Oía tu risa maravillosa. Podía acariciar tus mejillas. Más todo eso sucedía al no encontrarte allí, conmigo. ¡Juro que te veía! Al pasar al lado de la ensimismada multitud; en el reflejo de los escaparates. Viéndome paladear esa tartita de manzana y bebiendo ese café cortado con leche, en esa cafetería tan iluminada, entre señoras entradas en años, muy arregladas sin tenerlos en cuenta, que se pasaban unas a otras fotografías de paisajes montañosos azulados. ¿Tal vez Alaska?


Yo no tenía frío. Tu calor me inundaba y jugaba con los vahos que regalabas al aire. El niño que me sonríó más tarde en el ferrocarril de vuelta a casa también a tí te dedicaba su tierna sonrisa. Durante todo el trayecto en coche me mirabas cariñosa desde tu asiento. ¡Hasta paseamos a nuestra perrita juntos!


Y, como no estabas, tuve la certeza de que aún en tu ausencia yo era feliz.


¿Pues es que hay algo más bonito que descubrir que jamás podré vivir sin tí?


Te quiero

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